QUERIDA LUZA

“Querida Luza” es un relato ambientado en Galatea en 2058, en el mundo de Alba Infinita. No hace falta leer ninguna de las novelas para entenderlo y tampoco incluye spoilers, pero sí habla del pasado de Luza, uno de los personajes clave de Luz Azul. En cuanto al contenido, se trata de una reflexión sobre el progreso de la tecnología (principalmente la inteligencia artificial y el internet de las cosas) y cómo afecta a la libertad individual y a la privacidad. Luke debe escribirle una última carta a Luza, pero no sabe qué palabras dedicarle tras un “Querida Luza”. Así, rememora su vida y sus últimos años en Galatea para refrescar su memoria y encontrarse a sí mismo mientras la inyección de pentobarbital le espera en la sala de la doctora Dimitrou.

 

¿Ya se siente preparado?

La doctora Dimitriou es la mujer más paciente que conozco, pero no puede evitar darme a entender con su pregunta que lleva un buen rato esperando. Aunque haya accedido a mi difícil petición, tal vez desea terminar con esto cuanto antes e irse a disfrutar del fin de semana.

Cierro los ojos y respiro profundamente. Al exhalar, trato de concentrarme en lo que voy a decir. El comienzo es fácil. Dos palabras que debería poder articular sin que el maldito tic de la mandíbula me interrumpa.

—Querida Luza. —Los sonidos se atropellan en mi boca. Por suerte, la doctora los entiende y procede a transcribirlos en su ordenador.

—Es un comienzo original —dice, y levanta la cabeza en un gesto escéptico.

—Váyase a tomar por… —Mi mandíbula se contrae con violencia, el rostro torcido, e interrumpe la reacción al comentario de la doctora. Lo cierto es que me lo merezco. Debería agradecerle a la doctora Dimitriou que siempre haya sido tan honesta conmigo.

—Mire, entiendo que es difícil —responde ella sin perder su amable sonrisa—. No todos los días escribe uno la última carta de su vida. Le haré una propuesta: ¿qué tal si se da un paseo por la azotea del edificio para ordenar sus ideas? Quizá las vistas de Galatea al atardecer le sirvan de inspiración.

No me queda más remedio que aceptar. Le doy las gracias mientras me levanto, declino su oferta de ayudarme a caminar hasta el ascensor y nos citamos de nuevo en su consulta quince minutos más tarde.

Salgo al amplio y luminoso pasillo de la planta de neurología, vacío como era de esperar un sábado por la tarde, y me dirijo hacia el ascensor. La enfermedad no ha avanzado lo suficiente todavía como para postrarme en una silla de ruedas, pero poco le queda. Camino arrastrando un pie y luego otro, luchando en cada paso contra la gravedad y contra el dolor, amagando con perder el equilibrio a cada instante y acompañando mi falta de coordinación con tics en la cara y en las manos. Todo un espectáculo.

Al llegar al ascensor siento que se me van a desencajar las rodillas. Hace solo dos meses podía caminar durante una tarde entera antes de que esto ocurriera, pero ahora la tortura comienza apenas unos metros tras comenzar a andar. Un descanso me vendrá bien. Aprieto el botón de la última planta y, una vez allí, accedo a la azotea, donde se encuentra la cantina del hospital. Todavía no es la hora de la cena y, por suerte, se encuentra vacía. Me arrastro penosamente entre mesas y sillas hasta el borde del edificio, delimitado por una gruesa barandilla de cristal, y me desplomo en el primer banco que encuentro.

Es la típica tarde chipriota de finales de abril. La temperatura es perfecta para salir con bermudas y camiseta, no hay ni una sola nube en el cielo y el sol comienza su descenso tras los rascacielos del último anillo de la ciudad. El hospital forma parte del centro, un círculo interior en el que se encuentran también las oficinas y los edificios administrativos. A estas horas no se ve ni un alma por esta zona, algo que contrasta con el área verde que la rodea, el parque Kana, que rezuma actividad. Tras un intenso día de picnics, barbacoas y cafés, miles de familias recogen sus bártulos y comienzan a dirigirse a los tranvías radiales que los trasladarán a su anillo correspondiente. Aquellos que tienen la suerte de vivir en los anillos interiores se dirigen a pie hacia sus edificios, que ya proyectan una alargada sombra sobre el parque.

Además, hay dos lugares a la vista que comienzan a cobrar vida propia.

Uno de ellos es Mendel C, la zona de bares y terrazas de Galatea. Últimamente he pasado mucho tiempo allí. No solo porque me sobra desde que estoy de baja, sino también porque se trata del único lugar donde no siento ni que los niños me señalan ni que los adultos se apiadan de mí. Allí todos asumen que mis extraños andares se deben a la bebida y puedo dejar de sentirme el centro de atención.

La música y las buenas vibraciones de Mendel C viajan por el aire impoluto de la capital chipriota y llegan amortiguadas hasta la azotea del hospital, donde me hacen sentir en paz conmigo mismo. Justo lo contrario de lo que ocurre cuando miro en dirección casi opuesta y alcanzo a ver el Centro Deportivo de Galatea, conocido popularmente como CDG.

Ha sido un día caluroso en el que no muchos se han atrevido a salir a hacer ejercicio, pero, con la caída del sol, las pistas de fútbol, baloncesto y tenis se encuentran a rebosar. Además, un flujo continuo de corredores discurre entre esta zona y la pista de tartán que rodea la Plaza Verde, el corazón de la ciudad.

No me producen envidia. Hace tiempo que acepté que nunca volvería a hacer deporte. De hecho, he tenido que aceptar realidades mucho más duras que esa. Sin ir más lejos, ayer ni siquiera me costó conciliar el sueño, aun sabiendo que hoy sería mi último día sobre la faz de la Tierra. Sin embargo, todos esos atletas me recuerdan una casualidad incómoda: el día en que conocí a Luza.

Sucedió hace diez años, en abril de 2048, cuando aún desempeñaba aquel aburrido puesto en la gerencia de una mediocre asesoría fiscal de Nueva York. Había salido a correr por Central Park a una hora temprana, antes de ir a trabajar, y estaba recorriendo un circuito de seis kilómetros en el que perseguía al holograma del pívot de los Knicks que proyectaban mis lentes de contacto. Aquel tipo, que había subido su carrera a la aplicación unos días antes, medía dos metros diez, pero el cabrón era rápido y me estaba costando mantener su ritmo. Llegué al último sprint exhausto, pero no me rendí. Saqué un último esfuerzo de la nada, fijé la vista en el final del sendero y me concentré en mover mis piernas tan rápido como fuera posible, dejando de prestar atención al holograma. Solo mi cuerpo importaba.

Si aquel día hubiera comenzado a correr un segundo antes o uno después, mi vida hoy sería muy diferente. Habría bastado con que el maldito microondas no hubiese decidido por sí mismo publicar aquel tuit con mi desayuno que tardé unos instantes en eliminar. O que mi vecino se hubiese detenido a saludarme, en lugar de pasar frente a mí con la mirada perdida en algún punto en el que sus lentes le informaban de que existía una nueva actualización para su cepillo de dientes. O, sin ir más lejos, que aquel amigo no me hubiese convencido de descargarme la aplicación para competir contra personajes famosos. «Los recelosos nunca fueron felices» fueron las palabras que bastaron para dar al traste con mi política de usar la tecnología lo justo.

Pero los eventos se sucedieron así y, por destino o casualidad, acabé chocándome con Luza en aquel cruce de caminos en las proximidades de Summit Rock.

Ella también perseguía a un holograma. El suyo propio. Cada mañana realizaba el mismo circuito, y todos los días intentaba superarse. En el momento de la colisión también se hallaba en el sprint final y, al igual que yo, iba perdiendo.

—¡Estoy bien! —gritó mientras se incorporaba.

—Yo… yo también —contesté confundido desde el suelo, aunque no estaba tan seguro de no haberme partido el tabique nasal.

—¡Que estoy bien, Gengis! ¡No, no mandes una ambulancia!

Entonces me di cuenta de que no hablaba conmigo. De hecho, ni siquiera se había fijado en mí. Todavía de rodillas, tenía la vista clavada en el suelo.

Quienquiera que fuera con quien hablara, pareció entenderla. Ella levantó entonces la mirada y nuestros ojos se cruzaron por primera vez. Los suyos eran dos perlas negras, tan oscuras que era difícil distinguir donde comenzaba el iris y donde terminaba la pupila. Eso sí, brillaban como si quisieran atraer para sí toda la luz del mundo y hacían resplandecer su rostro mestizo de suaves facciones. Sus rizos, igual de oscuros, quedaban recogidos en una tensa coleta que quizá fuera la culpable de que sus ojos parecieran estar ligeramente rasgados hacia arriba.

—Espera, Gengis —dijo, sin dejar de mirarme—. Bien pensado, aquí hay alguien que sí necesita una ambulancia. Envíala a mi localización.

—No se moleste —traté de convencerla—. Solo es un poco de sangre.

—Tienes la nariz rota —me interrumpió—. Necesitas ir al hospital o parecerás un boxeador de por vida. No te preocupes; mi seguro lo cubrirá.

No parecía el tipo de persona al que se le pudiera llevar la contraria. Además, siendo honestos, no todos los días se me presentaba la oportunidad de conocer a una mujer tan atractiva como ella. Así que no protesté.

—Quizá mientras esperamos puedas contarme por qué tu ordenador central se llama Gengis.

Unos graciosos hoyuelos aparecieron en sus mejillas al dedicarme la sonrisa más cautivadora que jamás había visto.

—Es una larga historia.

Aquella no fue la última vez que me dio esa respuesta. Su pasado me parecía más interesante a medida que la conocía, aunque rara vez estaba dispuesta a compartir demasiados detalles. Había crecido en Río y estudiado Económicas en São Paulo. Tras un MBA en Yale, se había mudado a Manhattan, donde ahora trabajaba para una empresa de inteligencia artificial especializada en domótica.

Las lentes me sacan de mis recuerdos al avisarme de que la doctora Dimitriou ha vuelto a su consulta. Miro el reloj y me doy cuenta de que ya han pasado los quince minutos acordados. No me ha dado tiempo a pensar en cómo debo despedirme de Luza, pero por lo menos he respirado algo de aire fresco. Quizá la inspiración me encuentre de nuevo ahí abajo.

Al volver, me cruzo en el ascensor con la doctora Patroklou.

—Buenas tardes, Luke. —A pesar del apellido chipriota que adoptó de su marido, su acento nasal de Michigan siempre le delata—. ¿Qué te trae por aquí un sábado por la tarde?

Que seamos compatriotas no le da derecho a curiosear sobre mi vida, pienso en decirle, pero me contengo. Al fin y al cabo, ella es mi psicóloga y, aunque sé que no volveremos a concertar ninguna sesión, es gracias a sus informes que soy consciente de que la enfermedad comienza a afectar a mis capacidades mentales. Aunque no lo sabe, le debo a ella el tener la oportunidad de acabar con todo esto hoy mismo, antes de que sea demasiado tarde.

—Tenía que comprobar que la doctora Dimitriou no mentía cuando dijo que la azotea del hospital cuenta con unas vistas espectaculares.

Resulta obvio que no quiero entrar en detalles y ella, por supuesto, lo sabe. Se produce un silencio incómodo, pero, por suerte, el ascensor no tarda demasiado en detenerse en la planta de psicología, donde se encuentra su consulta. Me desea amablemente un buen fin de semana y la pierdo de vista.

No sabe que para mí no habrá más fines de semana de los que disfrutar.

Cuando me dispongo a enfilar de nuevo el pasillo de la planta de neurología, una notificación aparece en la parte superior derecha de mi campo de visión. Es el ordenador central del piso, que me avisa a través de las lentes de que se acerca la hora de cenar. «Hay medio pollo en la nevera que caducará el lunes. ¿Te gustaría que precalentara el horno para que puedas cocinarlo al llegar a casa?».

—No, Gengis —digo en voz alta—. No voy a cenar en casa. Nunca más, me gustaría añadir, pero me puede el miedo a que avise a Luza de que algo va mal. No sería la primera vez que nuestra unidad de inteligencia artificial va más allá de lo que se espera de ella.

«Es solo una consecuencia lógica», habría apuntado Luza. «La IA aprende de cada experiencia para mejorarse a sí misma. Es como un niño cuyo cerebro se va desarrollando, solo que ella no tiene límites y es mucho más precisa que un humano por la cantidad de información a su alcance y su capacidad para procesarla».

Podía recitar aquellas palabras de memoria. Eran las mismas con las que se había referido al primer Gengis, el de su piso de Nueva York. Por aquel entonces comenzaban a superarse las barreras que habían evitado hasta ahora que las IA pasasen de ser un tema de ciencia ficción a una parte esencial de nuestra vida diaria y la empresa de Luza se hallaba a la vanguardia de la implementación de esta tecnología. Los costes de los microchips se habían reducido significativamente, el Acuerdo de Dalian había asegurado unos estándares comunes de comunicación para todos los dispositivos electrónicos y las baterías de litio-aire de tercera generación desarrolladas en Chile ya aguantaban más que la vida útil del aparato al que alimentaban.

—La tecnología está preparada —le contesté yo la primera vez que pronunció aquellas palabras. Era también nuestro primer día viviendo juntos y me acababa de convencer, muy a mi pesar, de que conectara mis lentes a Gengis—, pero quizá quienes no lo estamos somos nosotros.

—¿A qué te refieres? —Por aquel entonces, Luza no solía estar tan a la defensiva como en los años posteriores. Podías debatir con ella aunque tu opinión fuese en una dirección diametralmente opuesta a las ideas con las que ella se ganaba la vida.

—Nunca nos preguntamos cuál es el precio real de tener una vida más cómoda. Para que Gengis encienda la calefacción cuando detecta que nos dirigimos a casa, para que controle nuestra dieta y nos sugiera que desayunemos avena con frambuesas, o simplemente para que nos recomiende ver una peli u otra, necesita información. Nosotros se la proveemos libremente durante veinticuatro horas al día, sin reservas, pero… ¿a dónde va a parar esa información?

—Muy fácil: a una base de datos encriptada por mi empresa. Es imposible de hackear y el contrato de privacidad que acabas de firmar te asegura que nadie excepto Gengis tendrá acceso a ella.

—No pongo en duda tus buenas intenciones ni las de tu empresa. Sin embargo, mucho puede cambiar con el paso del tiempo. ¿Y si la tecnología de los hackers avanza más deprisa de lo esperado? ¿Y si un gigante tecnológico chino con poco respeto por la privacidad adquiere tu empresa?

—De acuerdo, pongámonos en el supuesto de que eso sucede. ¿Qué es lo peor que podría ocurrirte? No has hecho nada malo. No entiendo por qué te da tanto miedo que otros se enteren de que aborreces las espinacas o de tu debilidad por los vídeos de gatitos.

—No me siento a gusto sabiendo que alguien podría manipularme. Quiero pensar que las decisiones que tomo son exclusivamente mías.

—Yo prefiero ceder una parte de mi libertad a cambio de ser honesta conmigo misma y con el mundo. Pero respeto que valores tanto el hecho de ser libre, aunque sea en un mundo de mentira.

Durante los primeros meses viviendo juntos, la discusión habría acabado ahí. Ambos habríamos priorizado la salud de nuestra relación antes que el éxito de nuestras ideas. Puede que, en aquellos tiempos, no estuviéramos tan convencidos de ellas. Sea como fuere, la misma discusión comenzó a tomar un cariz distinto con el paso de los años.

—Esa es la diferencia entre tú y yo —insistía ella—. Tú ves la libertad como algo imprescindible, pero para mí no es más que un pequeño e inevitable precio a pagar por dar un paso adelante en nuestra evolución como especie. Sucederá poco a poco, pero será inexorable. Deja a un lado la domótica, o incluso la tecnología industrial. Fíjate en la evolución del cuerpo humano. Todo empezó con marcapasos inteligentes y con lentes de contacto que sustituyeron a nuestros smartphones, pero ya se habla de dispositivos que regulan nuestra dieta desde dentro de nuestro estómago, o nuestra respiración desde dentro de nuestros pulmones. Luego llegará la nanotecnología y nuestro cuerpo se llenará de millones de robots que ayudarán a nuestro sistema inmunológico a prevenir enfermedades… poco a poco, sin saber muy bien en qué punto dejamos de ser humanos, nos convertiremos en algo más. Superhumanos, posthumanos, como quieras llamarlo. Pero llegará el momento en el que veremos al hombre del siglo XXI tal y como los Homo sapiens veían a los neandertales. En ese mundo, todos estaremos conectados, tanto entre nosotros como con las IA que nos permitieron dar este paso. No habrá lugar para secretos ni mentiras. La libertad del individuo no será tan importante como el bienestar de la especie en su conjunto.

—Te olvidas de algo, Luza. —El tiempo tampoco había hecho mella en mi empeño de llevar la razón—. Vives en el entorno de tu empresa, donde todos opinan igual que tú. Sin embargo, hay gente ahí fuera con ideas opuestas. Personas que celebran la originalidad individual y la libertad. Mujeres y hombres que, a pesar de estar cada día más conectados tecnológicamente, se sienten aislados. ¿Sabes que el número de suicidios crece cada día en países desarrollados? La soledad es uno de los mayores problemas de nuestro tiempo. Y hablo de gente que, en tus palabras, pertenece a tu misma raza y que será necesaria a la hora de dar ese paso adelante del que tanto hablas. Ellos no estarán en el mismo barco que tú y, sin ellos, tu mundo interconectado, tu mente colmena, nunca existirá.

Y hasta ahí llegábamos. En ese momento, no teníamos más remedio que decidir que la conversación no iba a llegar a ningún sitio. Solo estábamos de acuerdo en que no estábamos de acuerdo.

Sin embargo, algo cambió en ella un tiempo más adelante. Corría 2053 y, aunque no lo sabíamos, yo ya había comenzado a mostrar síntomas de mi enfermedad. Sentía las piernas más rígidas de lo normal y no podía jugar al béisbol sin volver a casa con una contractura. Era fácil achacarlo a la edad, así que no fue hasta que los tartamudeos se convirtieron en habituales cuando empecé a preocuparme.

Una noche de otoño, tras una jornada estresante para ambos, nos vimos envueltos de alguna manera en la misma conversación de siempre, pero con un ritmo más acalorado de lo normal. Fue entonces cuando ella decidió ir un paso más allá.

—No podrías estar más equivocado —me recriminó, apuntándome con el dedo. Entre sus ojos había una arruga vertical, la misma que aparecía últimamente cada vez que se enfadaba—. El mundo interconectado llegará de una manera u otra. La diferencia está en cuántas personas perecerán por el camino. ¿Tuvo el Homo sapiens alguna piedad de los neandertales? Quizá la IA no sea más que el gran filtro que nuestra especie necesita. Quizá los débiles como tú desaparecerán poco a poco, dejando paso a aquellos a los que el concepto de mente colmena no les produce urticaria. Por eso, bien te convendría subirte al barco. Acepta que el mundo no es la linda mentira que tú y otros cuatro idealistas tratáis de imaginar. La verdad no siempre es tan bella, pero es necesaria e inevitable. Cuanto antes te des cuenta de ello, antes lo aceptarás.

Ahí me di cuenta de que, para ella, siempre se había tratado de eso. No consideraba nuestros debates fruto de una división de opiniones, sino parte de una guerra entre los fuertes y los débiles que acabaría con un resultado obvio y en la que yo tenía, irremediablemente, todas las de perder. ¿Qué sentido tenía entonces seguir discutiendo al respecto? Aquella fue la última vez que tratamos el tema.

—Cuando usted quiera, señor Lewis.

Me hallo sentado de nuevo en la consulta, y la doctora Dimitriou espera pacientemente frente a mí. Últimamente suelo sumergirme en mis pensamientos de una manera tan profunda que me cuesta percatarme de lo que sucede a mi alrededor. Quizá sea parte del avance de la enfermedad.

Me limpio la baba que cuelga de mi boca abierta y trato de recuperar la compostura, si es que eso es posible en mi estado.

—Doctora… ¿Cuánto tiempo hace que nos conocemos?

—Casi tres años. Los mismos que lleva usted en Chipre. ¿Por qué lo pregunta?

—Mire, entiendo que esto es parte de la nueva cultura de su país, que las jerarquías y los títulos han de ser respetados escrupulosamente y toda esa parafernalia, pero… ¿no le parece que hoy, considerando lo que va a hacer usted por mí, podríamos hacer una excepción y tutearnos?

Por si no resulta obvio, señalo con la mano la mesa auxiliar, donde descansan una jeringuilla y un cóctel de barbitúricos en un botecito de cristal.

—Bueno, supongo que, en sus… en tus circunstancias… tiene sentido. Puedes llamarme Helena.

—Encantado, Helena. Yo soy Luke —le digo, tendiéndole la mano. Después de tres años, ya me he adaptado a la costumbre chipriota de presentarme de nuevo con mi nombre de pila, como si fuera una persona distinta a la que habían conocido hasta ahora.

—¿Qué tal te ha sentado el paseo, Luke? ¿Se te ha ocurrido cómo despedirte de tu mujer?

Asiento con la cabeza y me dispongo a comenzar la carta.

—«Querida Luza —repito. Esta vez la doctora se abstiene de expresar su opinión—. Tengo presente que no es así como acordamos que se desarrollarían los acontecimientos, pero, a la vista de los últimos informes médicos, espero que seas capaz de comprender que se trata de la mejor decisión para ambos».

Helena musita un «de acuerdo» cuyo retintín no se me escapa.

—Que acabemos de empezar a tutearnos no significa que no te conozca —le hago saber, irritado—. ¿Cuál es el problema?

—¿Le estás escribiendo una última carta a tu mujer o al ministro de exteriores? ¡Menos formalidades y más cariño, por favor!

Me reclino en la silla. Quizás ese sea el problema. Tal vez no sea capaz de ponerle cariño.

—Es… es complicado.

—No soy tu psicóloga, pero puedes considerarme tu amiga. ¿Qué tal si pruebas a desahogarte y contarme lo que pasa por tu mente? Después de todo, fuiste guionista y actor antes de venir a Chipre. No creo que te sea tan difícil expresarte.

—Eso ha sido un golpe bajo —respondo, tratando de dejar claro, probablemente sin éxito, que estoy bromeando.

¿Lo estoy? Qué más da. Quizás ese comentario me hubiera ofendido tiempo atrás, pero no a estas alturas. Sí, lo reconozco. Soy aquel insensato que, a sus treinta y cinco años, dejó un buen trabajo para intentar alcanzar el sueño de cualquier adolescente americano cuyos padres no han conseguido ponerle los pies en el suelo: triunfar en Hollywood. Al fin y al cabo, Luza tenía un sueldo más que decente, sobre todo teniendo en cuenta los tiempos que corrían, y nos podía mantener a los dos.

Y, por supuesto, cometimos el error de asumir que nunca tendríamos problemas de salud.

—De acuerdo —cedo ante Helena al ver que ella sigue esperando mi respuesta—. Puede que exista un obstáculo entre Luza y yo. Una carga que lleva ahí varios años y de la que nunca hemos hablado. Es bastante posible que esa sea la razón por la que me cuesta sonar sincero.

—Tienes que sacarte esa espina antes de irte. Cuéntamelo todo. Con detalles.

Me sorprende su tono imperativo. La doctora siempre ha respetado mis decisiones. Esta es la primera vez que su voz suena tan tajante. Supongo que sabe lo que hace. En cualquier caso, no tengo nada que perder.

—Todo comenzó el día en que fuimos a la consulta del doctor para recoger los resultados de mis pruebas. Recuerdo que había nevado y no se hablaba de otra cosa en la ciudad, ya que era la primera vez que la gente de Manhattan veía la nieve en más de diez años.

—Dije «con detalles», pero no hace falta que te vayas tan lejos.

Esta vez ignoro su comentario y continúo:

—El doctor afirmó que le gustaría poder diagnosticarme con la enfermedad de Huntington. Sin embargo, a pesar de presentar casi los mismos síntomas, había aspectos que no encajaban. En resumen, lo que tenía se podía clasificar como enfermedad poco frecuente y me daban una esperanza de tres años de vida. Y, muy al final, añadió un pequeño detalle. Primero debes saber que, al haber dejado mi trabajo para probar suerte en la industria del cine, me había adherido a la póliza de Luza en calidad de familiar dependiente. Lo que yo no sabía era que mi contrato tenía una pequeña cláusula al final. Una en la que se explicaba claramente que las enfermedades poco frecuentes no estaban cubiertas por el seguro.

«Le enviaremos la factura de las pruebas por correo», había añadido aquel miserable, pero eso me lo guardo para mí. No tiene sentido volver a sentir la frustración de aquel momento.

—Luza y yo salimos a la calle sin decir palabra. Volvimos a casa caminando en silencio por una Madison Avenue desierta de coches a causa de la fuerte nevada, agarrados del brazo y aparentando que algo más nos distraía. En mi caso, el sonido de la nieve bajo nuestras pisadas. En el suyo, las noticias sobre el temporal que le ofrecían sus lentes. Sea como fuere, ni siquiera me atrevía a mirarle a la cara.

—¿Qué es lo que te avergonzaba?

—No era vergüenza. Bueno, tal vez una parte sí, por haber sido tan estúpido de abandonar un trabajo con un seguro decente. El caso es que, verás, en los meses y años anteriores a ese momento, cada vez que Luza se enteraba de algún dispositivo o software nuevo para mejorar la salud o prevenir enfermedades, se lo hacía implementar. Intentaba que yo hiciera lo mismo, especialmente cuando comenzaron mis síntomas, pero siempre me negué. Quizás, con algo de prevención, mi enfermedad podría haber sido evitada.

—Patrañas. Nadie sabe de dónde procede tu enfermedad. Podría ser genética.

—Puede ser. Pero no pienses que era la culpabilidad lo que me abrumaba. En realidad, eran las palabras de una discusión anterior con Luza las que retumbaban en mi cabeza. Para resumirte, ella me consideraba débil por rechazar los avances tecnológicos en aras de una mayor libertad. Llegó a decir que la gente como yo, celosa de su privacidad, se extinguiría, mientras que los más fuertes formarían una nueva especie en la que los individuos estarían interconectados de manera permanente. Lo solía llamar «el triunfo de la verdad y la transparencia».

—¿Y piensas que los hechos le daban la razón?

—No. No lo creía, ni lo creo. Pero aquellas palabras se convirtieron en el elefante de la habitación a partir de ese momento. Ella me quería lo suficiente como para no estamparme un «te lo dije» en la cara, y yo no tenía pruebas de que ella estuviese equivocada. ¿Para qué sacar el tema cuando el único resultado posible era que la conversación acabase de manera desagradable?

—No estoy aquí para darte consejos matrimoniales, pero supongo que sabes que esconder un sentimiento tan intenso no suele funcionar.

—Tienes razón, y estoy seguro de que tarde o temprano habríamos acabado por hablarlo. Pero entonces nos llamó Chipre.

—¿Así, sin más?

—No exactamente. Ya sabes cómo funcionan estas cosas. Te estoy hablando de 2055, poco después de que la EBR abriera sus fronteras a trabajadores internacionales. Necesitaban mano de obra cualificada, y a Luza le llamó la atención su filosofía. Yo ni siquiera sabía que las siglas significaban Economía Basada en Recursos, pero ella se encargó de aleccionarme al respecto.

—Pero… ¿por qué se le pasó por la cabeza que cambiarse de país sería una buena idea en un momento tan delicado?

—El sistema sanitario de Chipre sobresalía por encima del de cualquier país. Todos los ciudadanos tenían acceso a los mejores tratamientos, algo que en Estados Unidos solo los más ricos se habrían podido permitir. En la EBR había alguna esperanza para mí.

—Entiendo.

—Además, Luza estaba muy ilusionada con el funcionamiento del nuevo sistema chipriota. Toda la información referente a este país nos llegaba envuelta en un halo de admiración. «Por fin alguien prohíbe el dinero», decían, por ejemplo, o «imáginate un sistema de distribución tan preciso que garantizará cualquier producto que necesites en el momento que lo necesites». Pero, al margen de las comodidades con las que el gobierno de Panos Kana mimaba a sus ciudadanos, lo que a Luza le atraía de verdad era conocer los engranajes que posibilitaban tal milagro. Sabía que los dirigentes de la EBR invertían una barbaridad en investigación y desarrollo, que estaban obsesionados con la estandarización de procesos y que valoraban, por encima de todo, las oportunidades de conexión que la tecnología del momento brindaba.

—Un país hecho a medida para ella.

—Exacto. El máximo exponente de sus creencias. Removió cielo y tierra para tener la oportunidad de mudarnos aquí.

—Estaría encantada cuando recibisteis la oferta.

—Los dos lo estábamos. La llamada de la EBR no solo renovaba nuestras esperanzas de que yo me recuperara, sino que, tras experimentar en nuestras propias carnes el doble filo del capitalismo, nos brindaba la oportunidad de vivir en un país lleno de ilusión. Ya conoces el discurso: la ciudad más sostenible del planeta, el sistema del futuro, el cambio de mentalidad que la humanidad necesita, bla, bla, bla. Y, cuando llegamos, comprobamos que no exageraban. Galatea nos pareció una utopía moderna, el lugar perfecto para vivir. Teníamos un hogar tres veces mayor que nuestro minúsculo piso de Brooklyn. Decorado con buen gusto, luminoso y, lo más importante para Luza, equipado con una tecnología puntera que funcionaba de maravilla. Y luego estaba la conexión a la cadena de distribución. Si bien requería un periodo de aprendizaje, garantizaba que no nos faltase de nada.

—¿Tú también fuiste uno de aquellos inmigrantes que recibían multas a diario por aprovecharse del sistema? —Helena pregunta sin maldad. Ella es un poco más tolerante que muchos chipriotas que conozco, obsesionados con las reglas de la EBR.

—Quizás yo lo habría sido, pero Luza estaba muy comprometida con la causa. Respetábamos a rajatabla los límites de uso de los bienes que solicitábamos y nunca nos pasábamos con los pedidos de provisiones.

—¿Y qué pasó con vuestros trabajos?

—Luza pasó a formar parte de la oficina de tecnología. Un puesto R2, ni más ni menos. Se había convertido en un pez gordo y tardó poco en recibir elogios por todas partes. Estaba encantada y muy motivada para, algún día, meterse en política y dar el paso a R3. Siempre fue una buena líder en su empresa, así que tenía sentido. Por mi parte, elegí un puesto rutinario como operario en la fábrica textil de Mesaoria. Nada del otro mundo, pero me permitía centrarme en mi recuperación.

—Supongo que os resultaría extraño desempeñar dos puestos tan diferentes y recibir la misma retribución a cambio.

—Uno se acostumbra enseguida a lo bueno. Su retribución era el éxito profesional, y la mía, la esperanza. El nuevo tratamiento parecía funcionar y mis síntomas se disiparon durante un tiempo. Incluso comencé a acostumbrarme a que mi vida estuviera controlada por Gengis. En cuanto a lo demás, no nos faltaba de nada.

Helena asiente con parsimonia. Parece intentar sonreír, pero no lo consigue. En su lugar, me mira con compasión, y sé con exactitud lo que pasa por su cabeza. Es una pena que vuestra ilusión durara tan poco.

Su gesto me saca un poco de la conversación. Me había metido de lleno en los buenos recuerdos. Casi podía sentir el suave y particular aroma de esos primeros días mientras Luza y yo caminábamos de la mano junto a la hilera de cedros del parque central, después de habernos registrado en las oficinas de Plaza Verde como ciudadanos de Galatea de pleno derecho.

Sí, las cosas se torcieron.

«Siento tener que darles malas noticias», había dicho el jefe de neurología. Mientras nos lo explicaba, solo miraba a Luza, como si yo no estuviera allí. De R2 a R2, nada de involucrar a rutinarios sin cerebro. El nuevo clasismo chipriota. A continuación, estuvo un buen rato hablando, pero podría resumir su discurso en unas breves líneas. «Entiéndanlo, la EBR no puede permitirse gastar tantos recursos en curar la enfermedad de un solo individuo. Si por lo menos fuera contagiosa, o si hubiera alguna posibilidad de que más de una persona en cien mil la padeciera, podría tratar de convencer a mis superiores. Pero no es así, y el bienestar de la población debe anteponerse siempre al de una sola persona».

En resumen: iban a retirar los recursos necesarios para tratarme.

Me levanto de la silla, me doy media vuelta y me dirijo hacia la ventana, como si necesitara comprobar que sigue atardeciendo. La doctora tiene la delicadeza de permanecer sentada y no decir nada. Cuando siento que la garganta me oprime menos, continúo:

—Ya conoces el resto de la historia. Desde entonces, todo ha ido a peor. Y no me refiero solo a mi salud, sino también a mi relación con Luza.

—Vuestro viejo problema ha vuelto.

—Vaya si lo ha hecho.

—¿Y qué es lo que te impide sentarte a hablar con ella tal y como lo haces ahora conmigo?

—Si te soy sincero, ha dejado de importarme. Mira, no soy tan estúpido como para pensar que esta situación es culpa de Luza. De hecho, ella solo intentó ayudarme. Sin embargo, el mundo ideal en el que ella cree y al que tanto apoya no hizo nada por salvarme. Y, a pesar de ello, ni siquiera mi muerte puede hacerle cambiar de opinión.

Helena asiente con convicción. Parece que va entendiendo.

—Lo cierto es que ya no importa —digo, tratando de camuflar mi resentimiento—. Eso sí, si supiera que voy a vivir unos años más, no podría aguantar esa barrera entre nosotros. Tendría que decirle adiós.

Eso es. No quiero estar con Luza. Por fin lo he dicho.

—Son unas palabras duras.

—Quizá ahora entiendas por qué me cuesta tanto escribir esa maldita carta.

Helena permanece unos instantes pensativa, con la mirada perdida en un punto fijo.

—Supongo que ella no sabe nada de todo esto, ¿verdad?

No, no tiene ni idea. Poco después de la conversación con el jefe de neurología, me dirigí al hospital con la excusa de que quería despedirme de mis médicos. Allí hablé con Helena y rellené la solicitud de eutanasia. Un mes más tarde, rellené la segunda solicitud, que fue aprobada por otro especialista poco después. Tras pasar hace unos días el último trámite ante notario, Helena y yo fijamos la fecha de mi suicidio asistido para hoy por la tarde.

—No es coincidencia que solicitara morir hoy —contesto, tratando de restarle dramatismo—. Ella se encuentra de viaje en Santiago. Oficialmente por motivos profesionales, pero lo cierto es que ha ido a entrevistarse con los mejores neurólogos de Chile para investigar si tienen una solución para mí.

—¿Y no crees que esta es una manera algo desagradecida de despedirte de ella?

Tal vez su pregunta sea obvia, pero me pilla desprevenido. Tras unos segundos y un par de tics de mi mandíbula, consigo volver a hablar.

—Sé que puede parecerlo, pero créeme, es lo mejor para ambos.

—¿Lo mejor es una mísera carta en la que ni siquiera eres capaz de ser sincero?

Ese sarcasmo tampoco me lo esperaba. He venido aquí a diñarla, no a que me lean la cartilla. ¿Tan difícil es decirle a la gente lo que quiere escuchar para que sea feliz?

Estoy a punto de mandarla a la mierda por segunda vez en la tarde de hoy. De pedirle que llame ya a los testigos, que avise a los celadores y que me ponga de una vez esa maldita inyección. Sin embargo, de repente, me embarga una súbita lucidez. Y me doy cuenta de que se lo debo a la doctora y a su comentario.

Sin más, ya sé lo que debo hacer.

—Bórralo todo —le digo.

—¿Cómo dices?

—Lo que te dicté antes es basura. Bórralo.

—¿Incluso lo de «querida Luza»?

—No, eso lo puedes dejar. Da igual, en realidad. Solo quiero pedirte una cosa.

Esta vez la doctora no parece tan dispuesta a escuchar, pero me pide de todas formas que le comunique mi último deseo.

—Voy a guardar la última hora de grabación de mis lentes y la voy a subir a una nube privada. Te daré el link y, cuando muera, deberás enviárselo a Luza.

Helena parece sorprendida al principio, pero su gesto me indica que va entendiendo mis intenciones.

—No le va a gustar escucharte.

—Una verdad incómoda. Eso es lo que ella siempre quiso, ¿verdad?

Quizá esto sea lo único que le haga reconsiderar su postura, pienso, pero no lo digo en voz alta.

Tras asegurarme de que la grabación ha sido subida correctamente y de que la doctora ha recibido el link, me dirijo hacia la camilla.

—¿Estás preparado?

—Un momento —contesto—. Falta algo importante.

Procedo a quitarme las lentes de contacto y a tirarlas al suelo con desdén. Las pisaría, pero no me veo con la coordinación suficiente como para hacerlo de manera digna.

Me gustaría pedirle a la doctora que se quite las suyas y, de paso, que pida a los testigos y a los celadores que me dejen morir a solas, pero sé que acabaría con sus huesos en la cárcel si hiciera algo así. Lo que sí consigo es que me asegure que nadie grabará la escena. Esta es la mayor concesión a la privacidad que el mundo de hoy me permite.

Me tumbo en la camilla tras dirigir una última mirada a la ventana. El sol se ha puesto definitivamente tras Galatea.

—Estoy preparado.

Cuando Helena me inyecta el pentobarbital, siento como el dolor remite. Mis piernas se relajan, mi mandíbula parece volver a su lugar habitual y mis pulmones me permiten respirar sin dificultad. Sé que son solo unos segundos, que pronto mis funciones vitales serán reprimidas y perderé la consciencia y la vida, pero son los instantes más maravillosos que he experimentado en mucho tiempo.

Y son solo míos.