SAFREEZE

“Safreeze” es un relato satírico que, a través de una estresada pareja que descubre la solución perfecta para compaginar su carrera profesional con la vida familiar, habla de la relación entre padres e hijos a lo largo del tiempo. Dedicado a padres trabajadores con niños pequeños que sienten que el día no tiene las horas suficientes.


La paciencia de Brianne se agotó el día en que Ophélie sumergió toda su lencería fina en agua caliente y colorante alimentario.

—Una princesa debería tener braguitas azules —se justificó la niña, pero la joven no pareció compartir su opinión. Con lágrimas en los ojos, nos anunció su renuncia aquella misma tarde, cuando mi mujer y yo volvimos a casa del trabajo. Ni siquiera tuvo fuerzas para hablarnos en francés.

Aquella era la cuarta au pair que tiraba la toalla con nuestros hijos, la segunda en lo que llevábamos de año. Había que rendirse a la evidencia.

—Nuestros hijos proceden del infierno, cariño. —Fue lo primero que se me ocurrió tras contemplar resignado desde la puerta de casa como Brianne se subía al taxi. Había que tomárselo con humor.

—¿Y qué me dices de Caroline? —repuso mi mujer—. Con ella se portaban bien. Es una lástima que tuviera que volverse a Birmingham a cuidar de su madre enferma.

«Quizá debamos admitir que lo que Ophélie y Alphonse necesitan es pasar más tiempo con sus padres. Tal vez convenga acordar quién de los dos reducirá su jornada laboral para poder dedicarles la atención que tanto reclaman a través de diabluras». Esas eran las palabras que la situación requería. Ambos lo intuíamos, pero no nos atrevíamos a pronunciarlas. Ninguno estaba dispuesto a sacrificar su trayectoria profesional, y lo sabíamos. Nadie quiere embarcarse en una pelea en la que no se puede ganar.

Eso sí, ambos éramos muy conscientes de lo que se nos avecinaba.

Los días siguientes iban a comenzar alrededor de las cinco y cuarto, con los gritos enfurecidos de Alphonse como pistoletazo de salida. Había un margen de error de siete minutos, pero el niño era bastante preciso a la hora de despertarse y decidir que el resto de habitantes de su hogar también debían hacerlo. Al igual que en los tiempos en los que no contábamos con una desdichada joven inglesa que se arrastrase hasta el cuarto de los niños para extraerle de la cuna y evitar que despertase a su hermana, esta tarea ahora iba a recaer en nosotros. Qué recuerdos, pensé, y un escalofrío me recorrió la espalda.

Los berridos tempraneros de Alphonse solían provocar una reacción en cadena. Una miseria detrás de otra. Tras la correspondiente discusión con mi mujer sobre quién había dormido menos, uno de los dos se levantaba por fin a por él, normalmente cuando ya era demasiado tarde: Ophélie ya estaba sollozando entre las sábanas, quejándose del escándalo que su hermano estaba organizando. Entonces, demasiado cansados para pensar con claridad, decidíamos meterles a ambos en nuestra cama con la inútil esperanza de que durmieran un poco más, algo que nunca sucedía. Tras darnos por vencidos, y a una hora en la que ni siquiera las panaderías habían abierto, los llevábamos a desayunar unos copos de chocolate y a vestirse. La prisa que se daban solía ser proporcional a la cantidad de tiempo de la que disponíamos, así que hacia las seis de la mañana ya teníamos a dos niños perfectamente preparados para salir de casa. El problema es que la guardería no abría hasta las ocho.

«Juega con ellos», me habían recomendado alguna vez, pero seguramente esa persona nunca había tenido que entretener a dos bestias a tan temprana hora después de que una de ellas te hubiera despertado cinco veces para que le alcanzases el chupete y la otra otras dos para hacer pis y asegurarle que no había una bruja debajo de su cama. Además, teníamos trabajo.

Por suerte, no todo son malas noticias para los padres de niños pequeños. Alguien tuvo piedad de nosotros e inventó los dibujos animados. Mientras mi mujer y yo aporreábamos el teclado de nuestros portátiles y sorbíamos una taza de café de sobre rancio, los niños contemplaban absortos la tablet, en la que una cerdita estúpida de voz irritante decía cosas obvias y su familia se reía después. De acuerdo, de vez en cuando uno de los niños se aburría y venía a importunarnos, pero bastaba con cambiar de capítulo para que volvieran a recuperar el interés.

Aquella calma pasajera solía preceder a una nueva tormenta.

—Te toca a ti llevarlos a la guardería, tengo una reunión importante a las ocho y media, ¿recuerdas?

Da igual en boca de quien te imagines estas palabras. Unos días era yo el que las decía. Otros, mi mujer.

Lo normal era que el otro lo no lo recordara y que hubiese planeado una visita a un cliente a la misma hora. El espectáculo estaba servido.

En el mejor de los casos, si el perdedor de la discusión conseguía convencer a los niños, bolsa de gominolas mediante, de que dejaran de ver los dibujos y se metieran en el coche sin pelearse por el camino, tendría alguna opción de soltarles a las ocho en punto en aquella jungla demencial, en la que pasarían a ser el problema de unos pobres infelices. Era hora de salir a la autopista y jugarse el cuello y unas cuantas multas para poder llegar a tiempo al trabajo.

La segunda parte del día no solía ser mucho más tranquila. Tras discutir por teléfono con mi mujer sobre cuál de los dos debía renunciar a trabajar por la tarde, uno de nosotros tenía que salir corriendo de la oficina, llegar tarde a la jungla y aguantar la bronca de uno de los amargados profesores mientras Alphonse lloraba y pataleaba en el suelo y Ophélie amenazaba con cruzar la calle sola.

Tras el atasco correspondiente, llegábamos a casa con la certeza de que lo peor estaba por llegar. La hora bruja.

No había tiempo para darles ni un baño ni una cena en condiciones, así que tirabas de lo primero que encontrabas. ¿Arroz chino del pedido a domicilio de la noche anterior? Debía valer. Eso sí, quítale los guisantes a la ración de Ophélie y pasa por la batidora la de Alphonse o te enfrentarás a un berrinche épico. Por fin, el reloj daba las siete. La hora de convencerles de que se vayan a la cama. «No, hoy no está Brianne para contaros un cuento. No, no va a volver. Créeme, yo la echo de menos más que vosotros». Rabieta. Drama. Procrastinación. Y, una hora después, alabados sean los ángeles, ambos caían rendidos. Y nosotros también.

Esto no era lo que teníamos en mente cuando decidimos tener hijos. Bastante teníamos con ser esclavos del trabajo, ¿quién aceptaría ser además el sirviente de unas criaturas déspotas que no descansan en ningún momento de pensar solo en ellas mismas? Sí, había momentos agradables de vez en cuando, pero estábamos tan cansados que no éramos capaces de disfrutar de ellos.

Por eso, cuando la agencia Au Pair nos llamó para decirnos que habían pensado en una solución diferente para nosotros, no tuvimos más remedio que escuchar su propuesta.

***

Aquel mismo sábado, bien temprano, apareció un agente comercial en casa.

Cuando sonó la puerta, los niños llevaban ya un buen rato enchufados a la tablet y nosotros comenzábamos a aceptar que nuestro cuerpo iba a rechazar dormir a cualquier hora que sobrepasase las siete.

—Perdone nuestro aspecto, se nos había olvidado que vendría usted a esta hora. —Traté de sonar amable mientras me abrochaba bien la bata y me atusaba el pelo.

El agente, un señor de unos cincuenta años y aspecto de un vendedor ambulante de aspiradoras de 1955, le restó importancia a mi disculpa mientras daba por hecho que podía colarse en nuestro salón y sentarse en el sofá.

Tras la cháchara de turno sobre nuestros respectivos hijos —los suyos, por suerte, ya se hallaban en una edad en la que podían salir a jugar al parque solos y limpiarse el culo sin ayuda—, encendió su portátil y se dispuso a recitar su perorata comercial.

—Nuestro producto se llama Safreeze. ¿Han oído hablar de él?

Hacía tiempo que ni mi mujer ni yo habíamos oído hablar de nada que no estuviera relacionado con el trabajo y con los niños, así que el vendedor de aspiradoras procedió a explicarlo.

No voy a engañar a nadie, usó eufemismos. Sin embargo, veo innecesario hacerlo yo también, ya que no creo que hubiera nada malo en lo que su empresa ofrecía. Además, después de escuchar mi alegato llegarías a la misma conclusión que yo: el tal Safreeze no era más que un aparato para congelar niños.

El funcionamiento es simple —continuó el agente mientras señalaba una imagen del dispositivo en su pantalla. Viendo que no nos asustaba escuchar las cosas como eran, procedió a explicarlo en nuestro lenguaje—. Metan a su hijo en la unidad de Safreeze. Como si fuera un microondas, elijan la duración y aprieten el botoncito verde. Su hijo quedará criopreservado durante el tiempo introducido. Ni despierto ni dormido, ni vivo ni muerto, ni apagado ni encendido. Como una rana que hiberna seis meses hasta que pasa el invierno. Como una televisión antigua que…

—Le entendemos —le interrumpió mi mujer, poco amiga de aclaraciones condescendientes.

—¿Tiene alguna pregunta, entonces? —contrarrestó el vendedor de aspiradoras, que sabía lidiar con todo tipo de clientes.

—Si, tengo una. ¿Se trata de una broma?

El agente no se preocupó en contestarla con palabras.

—Un momento —fue lo único que dijo—. Entonces hizo una breve llamada en la que dio instrucciones a alguien para salir de una furgoneta y presentarse en casa del cliente con el producto. «Ipso facto», añadió.

Al minuto, llamaron a la puerta y entraron cuatro personas en casa. El agente nos presentó a su hermana, a su sobrino de siete años y a «estos dos robustos jóvenes que cargan con una unidad de Safreeze».

A los pocos minutos, una cápsula horizontal blanca de un metro veinte de longitud, con un colchoncito verde en la base y motivos infantiles en el techo, descansaba sobre la alfombra de nuestro salón.

—Nicolas, procede —ordenó el agente a su sobrino.

Obediente, el chaval se introdujo en ella y se tumbó. Su madre la cerró y programó el contador: dos minutos. A través de una ventanilla en la parte superior de la cápsula, le pidió mediante un gesto que cerrara los ojos. Finalmente, le dio al botón verde.

—Y ya está —dijo entonces el agente, levantando las palmas de las manos—. Un proceso sencillo y apacible. Como usar el retrete sin que te moleste un niño de tres años.

Nos asomamos a la ventanilla. El muchacho parecía dormido, aunque, si te fijabas bien, te podías dar cuenta de que no respiraba.

—Algunas personas me preguntan si existe una pantallita con sus constantes vitales —añadió, al detectar nuestra estupefacción—, pero el caso es que el niño no tiene constantes vitales. Durante estos dos minutos, es como si mi sobrino se ausentara. Al acabarse el tiempo, le vuelvo a traer.

Así fue. Cuando finalizó la cuenta atrás, el aparato produjo un suave pitido, similar al que emite un ascensor al llegar a su destino, y la cerradura se abrió por sí misma. Fue el propio chaval el que empujó el techo de la cápsula hacia arriba. No parecía somnoliento ni desorientado. Solo tan aburrido como antes de meterse en el Safreeze.

—Se puede usar tantas veces como necesiten —continuó explicando el agente—. No afecta a la salud de los niños y se puede usar con cualquiera de ellos, aunque deja de funcionar una vez cumplen diez años, más o menos.

Me aclaré la garganta para exponer la duda que me carcomía desde hacía un rato.

—Y si… ¿y si alguien decidiera congelar a un niño durante, digamos, dos años?

—Técnicamente es posible.

—Pero el niño habrá perdido dos años de vida, ¿no es cierto?

—En absoluto. Su ritmo vital se detiene, por lo que al salir tendrá la misma edad que cuando se introdujo en la cápsula.

—¿Y qué es lo que previene que muchos padres exhaustos encierren a sus hijos en estas máquinas durante semanas, o meses?

—Las leyes, amigo mío. Hay límites legales que el Safreeze debe respetar. Por ejemplo, no se puede congelar a un niño más de cien horas al mes en total, ni tampoco más de dos horas seguidas. Eso sí, una vez al año, podrá usted hacerlo una semana entera, para que se pueda permitir unas pequeñas vacaciones. No olvide que el Safreeze nació como una mera ayuda a los padres, un pequeño respiro en este mundo de locos. No fue pensado para evadir responsabilidades parentales.

Aquella noche mi mujer y yo investigamos un poco en la red y descubrimos que ya había cientos de familias en posesión de una o más unidades de Safreeze. Excepto por los típicos detractores morales en el foro de turno —con toda seguridad infestado de padres hippies demasiado vagos para trabajar o demasiado pobres para permitirse aquel gasto—, todas las críticas hablaban maravillas de él.

«Mi vida es incalculablemente mejor desde que me hice con el Safreeze», afirmaba un usuario de Nantes.

«Ahora, tanto nosotros como nuestros hijos somos felices y valoramos nuestro tiempo juntos», aseguraba una mujer de Lille.

«Este aparato ha salvado nuestro matrimonio», se sinceraba una pareja parisina.

No hizo falta más. En apenas dos semanas, dos unidades de Safreeze llegaron a nuestras vidas.

***

Aquellos usuarios no exageraban. Nuestra vida recuperó el sentido.

Pensándolo bien, no hacían falta muchos cambios para modificar por completo el errático rumbo de una familia entera. Bastaba con safreezear a los niños durante apenas dos o tres horas al día para recuperar la cordura. Lo importante era saber detectar el momento en el que un pequeño criminal se merecía una excursión al limbo.

¿Berrinche matutino? «Alphonse, acuéstate un ratito en el Safreeze. Que te acompañe Ophélie, así tu madre y yo nos podremos arreglar con calma y permitirnos el lujo de un buen café. Quizá podamos volver a la cama un ratito, y no precisamente para dormir».

Sí, incluso nuestra vida sexual había vuelto.

¿Temor a la hora bruja? Cosa del pasado. Adherimos una tablet al interior de cada unidad para que los niños estuvieran deseando entrar en la cápsula nada más llegar a casa. Así mi mujer y yo teníamos tiempo para cocinarles algo decente mientras disfrutábamos de una copita de Sauternes con canapés de roquefort, mi aperitivo preferido desde la época en la que mi mayor preocupación era no pasarme con el vino para estar fresco la mañana del miércoles. Al despertarse, los niños terminaban de ver el capítulo de la serie de turno —por suerte, la cerdita era cosa del pasado. Hasta en eso habíamos mejorado—, cenaban y les metíamos en la cama con relativa facilidad.

Incluso los fines de semana se convirtieron en placenteras experiencias. Resultó que los límites de uso de los que el agente nos había hablado se acercaban más a una recomendación del gobierno que a una estricta prohibición legal, así que mi mujer y yo descubrimos que podíamos relajarnos lo suficiente como para afrontar la siguiente semana con energía.

Nuestras carreras siguieron avanzando como si nunca hubiéramos tenido hijos, e incluso nos pudimos permitir varios viajes a Bali nosotros dos solos. La empresa que fabricaba el Safreeze también ofrecía técnicos que se quedaban en tu casa durante tus vacaciones para asegurarse de que el aparato funcionaba correctamente y que tus hijos estaban seguros. Y, además, te regaban las plantas.

Ser una familia estresada y caótica era cosa del pasado.

Por fin formábamos un hogar ejemplar.

***

No.

Otra vez no, por favor.

Todo lo que pido es que me permitan permanecer un rato más frente a la ventana de la salita. Tan solo unos minutos bastarán para terminar de ver la partida de petanca que unos jóvenes que no sueltan la botella de pastis están jugando en el parque, enfrente de casa.

Sin embargo, una berlina gris acaba de aparcar junto a la puerta del garaje, lo cual me hace suponer que Ophélie y su marido tienen de nuevo una cita con amigos.

Me temo que sé lo que eso significa.

Unos instantes después, mi hija aparece por el marco de la puerta de la salita, ya maquillada, con las botas de tacón puestas y una chaqueta colgando de su bolso de piel. Estamos a sábado, se supone que hoy tienes tiempo para mí, quiero recriminarle, pero las palabras se quedan atascadas en mi garganta. No solo soy un trozo de carne vieja, arrugada y dolorida que no puede desplazarse sin que alguien empuje su silla de ruedas, sino que últimamente ni siquiera soy capaz de hablar.

La amiga de Ophélie entra también en la salita, siguiéndola.

—¿Qué tal está tu abuelo? —pregunta.

Ella, tras dudar un momento, le responde que bien y cambia rápidamente de tema mientras agarra mi silla de ruedas por los mangos y me aleja de la ventana.

Acepto que escondas que soy tu padre, pero, por lo que más quieras, déjame terminar de ver la partida de petanca. Es una frase sencilla, pero no hay manera de articularla. Lo único que consigo emitir son unos sonidos guturales que hasta a mí me parecen desagradables. Intento entonces transmitirle algo de lástima con la mirada, pero ella ni siquiera se fija en mis ojos.

Le pide a su amiga que se reúna con los demás en la cocina, que ella bajará enseguida. Acto seguido, empuja mi silla a través del pasillo. Ya puedo divisar mi cuarto.

Se me ocurre un último recurso.

Aprieto con insistencia el botoncito amarillo que se encuentra al alcance de mi mano, sobre el reposabrazos de la silla de ruedas. Sí, aunque me produzca un dolor insoportable, la artrosis todavía me permite mover algún dedo. Mi vida no es un infierno del todo.

Una alarma irritante suena a través de un pequeño altavoz situado demasiado cerca de mi oreja. El payaso de mi yerno escucha el pitido desde la cocina y le comunica a Ophélie a gritos que van a llegar tarde al concierto. Tu fiesta puede esperar; mi partida de petanca, no. ¿Tan difícil es mostrar un poco de paciencia?

—Papá, no es hora de procrastinar —me hace saber mi hija, inflexible—. Ya irás al baño más tarde.

Llegamos a mi habitación.

Ophélie me coloca al lado del cilindro vertical gris que ocupa media estancia y abre la puerta, que tiene pinta de pesar una tonelada. Ignorando mis quejidos ininteligibles, me introduce dentro de la cápsula, con silla de ruedas incluida.

No, por favor. Necesito saber quién ganó a la petanca. Quizá te parezca insignificante, pero no lo es para mí.

La puerta se cierra a mis espaldas con ese sonido metálico tan familiar y me veo envuelto en una tenue oscuridad. Por lo menos yo les puse una pantalla con dibujitos.

Me sorprendo a mí mismo pensando que no me importaría ver un capítulo de aquella serie de la cerdita insoportable. Sin embargo, todo lo que puedo contemplar frente a mí es un rótulo escrito en el interior del cilindro.

Safreeze Senior, reza.